Por Ana Luisa Nerio Monroy1

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En México, muchas niñas, niños y adolescentes caminan por los pasillos escolares con miedo. Miedo a ser quienes son. Miedo a que se burlen de su forma de hablar, de moverse, de vestirse, de sentir. Miedo a amar o simplemente a expresar afecto. Ese miedo no es una exageración ni una “etapa normal” de la infancia. Es el resultado de una forma de violencia persistente, solapada y aún muy invisibilizada en nuestras escuelas: el acoso escolar o bullying por orientación sexual, también conocido como acoso homofóbico.
Este tipo de acoso no sólo se dirige hacia quienes se identifican como lesbianas, gays o bisexuales. Muchas veces, las personas receptoras del acoso escolar ni siquiera han hablado sobre su orientación. Basta con que no encajen en los estereotipos tradicionales para convertirse en blanco de burlas, humillaciones, exclusión o agresiones. La homofobia escolar no distingue entre orientación real o percibida: castiga la diferencia, sanciona la diversidad.
Nombrar este tipo de violencia es el primer paso para erradicarla. Se trata de una violación directa a los derechos humanos de niñas, niños y adolescentes: su derecho a la educación, al libre desarrollo de la personalidad, a la igualdad, a la no discriminación y a vivir una vida libre de violencia. No se trata de ideologías, sino de derechos. No se trata de opiniones, sino de dignidad.
De acuerdo con la 2ª Encuesta Nacional sobre Bullying Homofóbico (Fundación Arcoíris, 2017), el 61% de los estudiantes LGBT+ en México reportaron haber sufrido algún tipo de acoso escolar relacionado con su orientación sexual. El 51% señaló que esto les provocó depresión, y el 25% expresó haber tenido pensamientos suicidas como consecuencia directa de estas agresiones. Las cifras son claras y dolorosas: el silencio y la indiferencia también matan.
En este contexto, el Censo sobre Bullying por Apariencia Física de la Fundación en Movimiento revela un panorama igual de alarmante. Si bien el estudio se enfoca en la apariencia, muchas de estas violencias se entrelazan con estereotipos de género y prejuicios sobre orientación sexual. El documento de Fundación en Movimiento recoge testimonios de adolescentes que han vivido bullying por su orientación sexual y destacan frases como: “Se burlan de mi orientación sexual y me agreden verbalmente”, “Por mi forma de ser o por mi orientación sexual”, “Por la manera en la que me visto, por mi cabello, diciéndome lesbiana”, “Molestándome por tener una orientación sexual diferente a otros chicos de mi edad”, “Por mi orientación sexual, haciéndome comentarios homofóbicos”, “Por mi género, ya que soy mujer y me gustan ambos sexos y me empiezan a decir apodos, como machetes, niñe, compañere y “Pinche bisexual de mierda ¿qué tipo de hombre eres?”.
El acoso escolar por orientación sexual no ocurre en el vacío. Está sostenido por una estructura cultural que castiga la disidencia, que impone una única forma válida de ser hombre o mujer, y que legitima la humillación del “otro”, del que no se ajusta a la norma. Como han documentado diversas investigaciones en México y América Latina (UNESCO, 2015; Castellanos & Solís, 2014), esta forma de violencia es muchas veces ignorada o minimizada por autoridades escolares, reproducida por docentes, y normalizada por madres, padres y cuidadores.
Por eso, hablar de bullying homofóbico exige un enfoque integral. Necesitamos escuelas que promuevan el respeto, no la tolerancia condescendiente. Necesitamos familias que abracen a sus hijas e hijos sin condiciones, que les enseñen a respetar y no a juzgar. Y necesitamos leyes, políticas públicas y protocolos escolares que pongan al centro el interés superior de la niñez y adolescencia.
La Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes establece que todas las decisiones y acciones que les involucren deben atender su interés superior y garantizar su derecho a vivir libres de violencia. En el caso del acoso escolar por orientación sexual, eso implica reconocer la existencia de esta forma específica de violencia y actuar en consecuencia: con prevención, atención, sanción y reparación.
No basta con campañas esporádicas o talleres que se quedan en el papel. Requiere una transformación cultural, pedagógica y emocional. Se requiere valentía. La valentía de nombrar lo que duele, de mirar de frente lo que incomoda y de comprometerse con el bienestar de todas las infancias, no sólo de aquellas que se ajustan a lo que entendemos como “normal”.
Las escuelas deben ser espacios seguros para todas y todos. Nadie debería tener miedo de asistir a clases por temor a ser quien es. En cada burla, en cada empujón, en cada insulto disfrazado de “broma”, se vulneran derechos. Y cada vez que una persona adulta —madre, padre, docente, directivo— guarda silencio, ese silencio se convierte en complicidad.
Las niñas, niños y adolescentes tienen derecho a ser amados, respetados y protegidos. También tienen derecho a existir sin miedo, con orgullo, con alegría. Reconocer y erradicar el bullying por orientación sexual es una deuda urgente con la infancia diversa de nuestro país. Una deuda que no puede seguir esperando.
1 Maestra en RRII por la FCPyS-UNAM, con estudios especializados en derechos humanos, género y no discriminación. Autora de “La No Maternidad Elegida: ¡Mujeres que deciden no ser madres y son felices!”, editado por Casa Bonsai. Con trayectoria laboral en el sector social y público. Integrante del Consejo Asesor del Comité de Derechos Humanos Ajusco A.C. Twitter: @aluisanerio; IG @nerio_analuisa. Opiniones a título personal.