
(imagen: El Economista «El bullying se practica en los salones de clase y frente a los profesores»)
Autora: Ana Luisa Nerio Monroy 1
El bullying por apariencia física es una forma de violencia cotidiana que afecta
profundamente la salud emocional, física y social de niñas, niños y adolescentes.
Esta manifestación de acoso escolar no solo atenta contra la dignidad y
autoestima de quienes lo sufren, sino que también reproduce patrones de
discriminación y exclusión aprendidos en casa y reforzados por los entornos
sociales y escolares.
En México, el “Censo sobre bullying por apariencia física” elaborado por
Fundación en Movimiento A.C., (www.fundacionenmovimiento.org.mx), y
levantado entre octubre de 2023 y diciembre de 2024 en el marco del proyecto
“Fuertes desde la raíz”, representa un esfuerzo significativo por visibilizar y
comprender las dinámicas de exclusión vinculadas a la imagen corporal en los
niveles de secundaria y bachillerato. Con la participación de más de 45 mil
estudiantes de 298 planteles en ocho entidades del país, los resultados de este
estudio arrojan luces alarmantes sobre las prácticas de violencia normalizadas en
los espacios escolares y sobre la necesidad urgente de transformar la cultura
escolar hacia una más inclusiva, empática y segura.
- Panorama general del bullying por apariencia física
El estudio revela que el 28.6% del alumnado encuestado ha sufrido bullying,
siendo el salón de clases el lugar donde se presenta con mayor frecuencia
(60.9%). Este dato resulta alarmante considerando que el aula debería ser un
entorno de aprendizaje y contención emocional bajo la supervisión directa de
docentes y personal educativo.
Entre las causas más comunes del acoso se encuentran el peso corporal, la
estatura, el color de piel, la forma de vestir, el tipo de cabello y la orientación
sexual. Las agresiones son en su mayoría verbales, a través de burlas, apodos e
insultos, pero también se reportan agresiones físicas como jalones, golpes y
empujones, y violencia psicológica que mina la autoestima de las y los
estudiantes.
Los testimonios recopilados a través de la pregunta abierta del censo muestran el
dolor de quienes han sido víctimas por no ajustarse a los estándares estéticos
dominantes. Comentarios como “me decían ballena por mi peso”, “me insultan por
mi color de piel” o “se burlan de mi orientación sexual” demuestran cómo la
apariencia física se convierte en blanco de violencia y discriminación.
2. Factores asociados: hábitos, autoestima y redes de apoyo
El censo no solo mide el nivel de violencia, sino que también indaga en hábitos de
autocuidado, percepción de la imagen corporal, y calidad de las redes de apoyo
que rodean a los adolescentes. Los datos indican que un 40.2% tiene hábitos de
salud regulares, mientras que solo el 37.3% reporta buenos hábitos de
alimentación, higiene, sueño y actividad física.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido que el 81% de los
adolescentes en el mundo no cumple con las recomendaciones mínimas de
actividad física. En México, el 68% tampoco lo hace, lo cual repercute
directamente en problemas de salud física y emocional como el sobrepeso, la
ansiedad y la baja autoestima. La Red por los Derechos de la Infancia en México
(REDIM) señala que 41% de los adolescentes de 12 a 19 años presentan
sobrepeso u obesidad, condiciones que, según los datos del censo, se relacionan
con el acoso escolar por apariencia.
A pesar de estas cifras, un 83% del alumnado encuestado expresa tener una
autoimagen alta, y el 50.8% afirma confiar en sus redes de apoyo (familia,
amistades, docentes). Sin embargo, el 23.2% reporta un bajo nivel de confianza
en dichas redes, lo que evidencia la necesidad de fortalecer los vínculos sociales y
emocionales que protegen a los adolescentes frente al acoso.
Preocupa también que el 29.4% de los estudiantes afirme conocer a compañeros
que se autolesionan (cutting), una conducta que puede estar vinculada a la
vivencia de bullying y a trastornos emocionales no detectados. Esto subraya la
urgencia de prestar atención a las señales de alerta emocional y garantizar la
presencia de personal capacitado para brindar atención oportuna.
3. Actitudes frente al bullying y respuesta institucional
Uno de los hallazgos más significativos del censo es que el 97.7% de los
adolescentes se asume como observador-defensor, es decir, que intervendría para
frenar el bullying o defendería a una persona agredida. Esta es una señal positiva
que muestra empatía y un posible cambio en la cultura estudiantil.
Sin embargo, también se identifican actitudes de indiferencia: el 44.5% declaró
que le da igual la apariencia física de otras personas, y el 8.8% presentó un alto nivel de desdén. Estas cifras nos alertan sobre el riesgo de que muchos
estudiantes actúen como “observadores-cómplices” del bullying, normalizando la
violencia o restándole importancia.
En cuanto a la respuesta institucional, los resultados muestran una debilidad
preocupante. Solo el 15.6% de quienes sufrieron bullying recibieron apoyo de
autoridades escolares, mientras que el 39.4% fue ayudado por su familia. Un
alarmante 35.2% manifestó que nadie lo ayudó. Estos datos reflejan la necesidad
urgente de fortalecer las capacidades del personal docente y directivo para
identificar, prevenir y atender situaciones de acoso escolar.
También se destaca que el 21.6% del alumnado ha faltado a clases debido al
bullying, lo que impacta negativamente en su desarrollo educativo, social y
emocional. La deserción escolar como consecuencia del acoso representa una
forma de exclusión sistémica que vulnera el derecho a la educación en
condiciones de igualdad y seguridad.
Conclusiones
El “Censo sobre bullying por apariencia física” confirma que el acoso escolar sigue
siendo una realidad persistente en las escuelas mexicanas y que la apariencia
física es uno de los principales motivos de agresión. Los adolescentes que sufren
bullying enfrentan no solo burlas y violencia física, sino también impactos
profundos en su autoestima, salud emocional y sentido de pertenencia.
Los datos analizados revelan múltiples áreas de oportunidad: promover hábitos de
autocuidado y salud física, fortalecer redes de apoyo, capacitar al personal
docente, fomentar una cultura de respeto y empatía, y garantizar protocolos
eficaces de prevención e intervención ante casos de violencia escolar.
Finalmente, es fundamental involucrar a las familias, ya que, como lo demuestra el
censo, continúan siendo la red de apoyo más confiable para las y los
adolescentes. Educar en casa y en la escuela sobre el valor de la diversidad, la
aceptación del cuerpo propio y ajeno, y el respeto por las diferencias, es el camino
hacia una sociedad más empática, justa y libre de violencia.
El reto está planteado: construir escuelas donde nadie sea juzgado por su aspecto
físico y donde cada estudiante pueda crecer en libertad, dignidad y paz.
1 Ana Luisa Nerio Monroy es Maestra en Relaciones Internacionales por la FCPyS-UNAM, con
estudios especializados en derechos humanos, género y no discriminación. Autora de “La No
Maternidad Elegida: ¡Mujeres que deciden no ser madres y son felices!”, editado por Casa Bonsai;
con trayectoria laboral en el sector social y público. Integrante del Consejo Asesor del Comité de
Derechos Humanos Ajusco A.C. Opiniones personales.